PLANTA 1, BLOQUE 16, CALLE 75
Mi nombre es Robert Englund, soy actor y hace años que mi vida depende de otros. Los últimos años he sido el inquilino permanente de la primera planta del número 16 de la calle 75, cerca de Central Park en Nueva York.
Y ahora si me lo permiten les voy a contar una historia de amor y fantasmas que espero les emocione y les aterrorice a partes iguales.
Valeria, una de las protagonistas de mi historia había llegado a Nueva York con el anhelo de poder llegar a debutar algún día en Broadway. Intuía que desde luego no iba a ser un camino de rosas, sino que más bien le iba a tocar andar sobre un fuego helado y tenía que hacerlo sin lograr quemarse.
Puertorriqueña de nacimiento era de origen español, sus ancestros habían emigrado desde las Islas Canarias en la segunda mitad del siglo XIX. Sus descendientes se habían asentado en el próspero negocio familiar de la producción y distribución de café. En el colegio pronto se interesó más por el baile y el teatro que por las disciplinas académicas regladas. Aprendió a bailar la salsa y la bomba casi antes que a andar y por supuesto que leer.
Después de asistir durante su infancia y adolescencia a diferentes escuelas de teatro locales, prendió en ella la llama de querer triunfar en el difícil mundo de la escena y para ello se propuso emprender el sueño americano. Después de hablarlo con su familia, recibió de esta un apoyo incondicional desde el primer momento, creían a pies juntillas en el talento de su hija y decidieron sufragar una costosa educación en la Juilliard School, la meca de las artes escénicas en Nueva York. Advirtieron a su hija qué el sueño podría no cumplirse porque también recelaban de un país que aun consideraba a los hispanos como ciudadanos de segunda clase.
Aunque su padre decidió pagar sus estudios íntegramente, ella quiso trabajar a tiempo parcial de camarera o más bien mesera tal y como suelen llamar a este oficio en cualquier local de comida rápida de Manhattan. Necesitaba impregnarse de Nueva York, que la ciudad penetrara en su cuerpo por todos sus poros y para ello compaginaba estos trabajos parciales con sus estudios en la prestigiosa escuela Juillard.
Siempre que podía, acudía a representaciones teatrales de pequeño formato y fomentaba círculos de teatro no profesional. Incluso en alguna ocasión se daba algún homenaje acudiendo a uno de los grandes musicales de Broadway.
Fue durante ese primer año y en uno de esos encuentros con gente de teatro donde la informaron de unas charlas divulgativas gratuitas sobre la técnica teatral basada en el método Chejov.
Allí conoció a Julián. Actor, profesor de escenografía y director teatral había llegado a Nueva York hacia unos cuantos años y se había hecho un hueco en los circuitos formativos alternativos con una inusitada rapidez. A diferencia de Valeria, el descendía de una familia artística, su padre era un productor musical de reconocido prestigio y su madre era una actriz de carácter que había representado muchas pequeñas obras de teatro en Broadway, nunca le había faltado el trabajo e incluso la habían distinguido con un Tony por una interpretación de reparto en la comedia musical Nine.
En pocas semanas el interés de Valeria por la técnica Chejov aumentó logarítmicamente al ritmo de su interés por Julián. Fueron compartiendo vivencias, un café a la salida de las charlas, un paseo por el Soho, una cena en un sitio poco concurrido. Poco a poco Julián pasó de ser su mentor, un conferenciante de prestigio, su profesor particular, a ser el centro de su vida. Al principio parecía ser solo pasión sexual, pero muy rápidamente esta relación carnal dio paso a un proceso de enamoramiento sin barreras, el tiempo se detuvo para ambos, parecía no importar su vida anterior, solo importaba el aquí y el ahora, la necesidad de encontrarse continuamente en espacio y tiempo. Para ambos fue algo nuevo, algo que decían no haber vivido antes.
Julián vivía en un pequeño apartamento cerca de la calle 42 y enseguida propuso a Valeria que dejara su piso en Brooklyn que compartía casi con desconocidos y que se fuera con él a un apartamento que buscarían cerca de Central Park. La convenció de que el precio no sería un problema, que venía de una familia muy desahogada económicamente, que él estaba ganando además mucho dinero, que, por supuesto no quería interferir en su proyecto de vida en la Juilliard, aunque creía que podría encontrarla un trabajo en la productora musical de su padre que le aportaría unos ingresos dignos y estables mientras estudiaba, al tiempo que paralelamente la ofrecía un entrenamiento profundo en la técnica Chejov, y además gratuito.
La búsqueda del apartamento dio sus frutos en un par de semanas. Julián usó los servicios de una agencia especializada, Pinkerton, y encontró un apartamento que le convenció por ubicación y precio, una planta primera en el número 16 de la calle 75 a 3 manzanas del famoso edificio Dakota en la 72. Era un dúplex de unos 120 metros en el que la zona principal era un ambiente de gran tamaño compartido por salón, comedor y cocina, un espacio diáfano conseguido gracias al derribo de los tabiques separadores. La vivienda se completaba en la zona alta con un baño y un dormitorio doble al que se accedía por una escalera y donde destacaba en una pared un gran armario de puertas correderas blancas y en la pared enfrente de la cama una preciosa cómoda encima de la cual había un gran espejo de estilo vintage retro en forma de ventanal con arcos y lacado en color blanco roto.
El edificio databa de hacía unos 5 años, había sido adquirido a sus propietarios originales por un fondo de inversión de una prestigiosa entidad financiera. Su último inquilino Robert, la alquiló hacia 3 años, fue un prestigioso actor del método que vivía con su esposa, también actriz y llamada Amanda. El agente inmobiliario les contó que Amanda murió en un accidente doméstico al caer por las escaleras mientras él estaba en una gira teatral. Él se encerró en el apartamento y nunca se recuperó de aquel suceso. Meses más tarde parece que se suicidó encontrándole muerto debido a una sobredosis de somníferos y drogas mezcladas con alcohol.
La desgraciada historia era de sobras conocida en el mundillo del teatro y se acabó por crear una leyenda negra sobre el apartamento. Los inquilinos potenciales tenían sus reservas de alquilar una vivienda con una historia tan triste. El vendedor les comentó que habían tenido que bajar el precio esperando que los nuevos inquilinos no fueran supersticiosos, que pudieran disfrutar de su nuevo hogar a un precio muy asequible y que la leyenda se extinguiera con el tiempo.
Julián y Valeria no eran supersticiosos y la idea de vivir enfrente de Central Park, en un edificio exclusivo de Nueva York y a un precio tan barato les pareció motivo más que suficiente para quedárselo. Pensaron que lo de Robert y Amanda fue un episodio de mala suerte y nada mas
En pocos días realizaron la mudanza desde sus antiguos apartamentos y se instalaron en su nuevo hogar. Se cruzaron poco con sus nuevos vecinos, con algunos al hacer la mudanza y con otros de un modo casual en el ascensor. Al mes les pareció adecuado dar una pequeña fiesta de recepción para conocerles, pero de un modo sorprendente la mayoría de los otros inquilinos declinó la oferta, parecía que nadie quisiera traspasar el umbral del apartamento de la primera planta y los pocos que se atrevieron enseguida abandonaron la estancia sin dar muchas más explicaciones.
No se desanimaron y también hicieron una fiesta de bienvenida con sus amigos de los círculos teatrales. Esta experiencia la repitieron al principio y durante un tiempo las reuniones en su casa fueron algo frecuente, pero por alguna razón inexplicable la gente empezó a dejar de asistir y los eventos empezaron a distanciarse en el tiempo.
No había explicación racional, aunque el apartamento era amplio y la gente decía que lo había pasado bien, la próxima vez no volvían. Pareciese existir algo en él dúplex que ahuyentaba a los que venían de visita. Si Julián y Valeria hubieran sido supersticiosos hubieran dicho que el apartamento invitaba a los extraños a no volver, el espacio parecía tener vida propia y no quería que nadie disfrutara de él salvo sus legítimos moradores.
No le dieron importancia al principio, ellos se acostumbraron al apartamento como los pies al calzado cómodo, sentían que estaban hechos los unos para el otro. Se fueron acostumbrando a que no había más vida social que la que los dos podían darse el uno al otro, deseaban llegar a casa, tomar una copa de vino, preparar una cena y disfrutarla a la luz de las velas, hablar hasta la madrugada, leer un libro, escuchar música o ver el último capítulo de la serie en curso de Netflix o HBO.
El apartamento empezó a ser el centro de su universo, y sin darse cuenta pronto llegaron las faltas injustificadas a sus obligaciones laborales o educativas. Había algo que les iba obligando a no abandonar jamás su hogar, al principio Julián empezó a suspender sus talleres de formación aduciendo que necesitaba preparar nuevos contenidos, Valeria dejó de ir a trabajar a la productora musical del padre de Julián, decía que tenía fuertes dolores de espalda, también dejo de asistir a sus clases a la escuela Juillard aduciendo las mismas razones.
Posteriormente empezaron a hacer todo tipo de compras en Amazon, incluso los pedidos de alimentos. Pagaban a través de su cuenta en PayPal y cuando recibían el encargo, lo subía el portero del edificio, ya que le habían dicho que estaban preparando una obra muy importante y necesitaban mucha privacidad. Le dieron instrucciones para que llamara a la puerta y dejara las compras en el descansillo al lado de la puerta.
Avisaron que la contrata de mantenimiento no les hiciera la limpieza, se encargarían ellos personalmente de hacerla.
Con el tiempo dejaron de comprar, incluso productos frescos de alimentación, al portero le dijeron que no se preocupara, que tenían la despensa llena. Dejaron de vestirse, podían estar con el mismo pijama durante días, no se aseaban y empezaron a recluirse en su habitación, podían estar horas dormitando en la cama. No entendían el porqué de su conducta, pero se veían impelidos a seguir adelante por una especie fuerza que les obligaba, la llamaban una niebla que les iba cegando.
Cerraron todas las ventanas de la casa, salvo una pequeña rendija que dejaban en su dormitorio y que les permitía tener algo de luz diurna, que por la noche se convertía en una luz amarillenta proveniente de una farola de la calle. Gracias a esta luz, desde la cama podían vislumbrar la cómoda de su habitación y el espejo que simulaba una ventana con arcos. Las tinieblas se habían adueñado de la planta primera del número 16 de la calle 75. Eran fantasmas, vagabundos en su propio apartamento, ya no comían, ya no hablaban entre ellos, en el apartamento se había instalado una niebla invisible, contra la que no sabían luchar, se estaba apoderando de sus cuerpos, de sus mentes, de su alma. ¿Qué era esa niebla invisible y cuál era su propósito? Solo el humilde narrador de esta historia lo sabía en ese momento
Al poco tiempo empezaron las pesadillas de Julián. Dormitaba casi todo el día y toda la noche. Estaba entre dos mundos, ya no sabía si estaba soñando o despierto, nunca había tomado drogas, pero era una sensación parecida a lo que había oído que se experimentaba con el LSD, era una sensación de que su cuerpo flotaba entre dos mundos, dudaba constantemente de su identidad.
En sus pesadillas miraba el espejo y este le devolvía la realidad o ¿era una ilusión? Entre las rejas del espejo veía el dormitorio en una perspectiva de profundidad que multiplicaba la imagen por mil, el mundo circundante se iba acercando lentamente hasta que podía distinguir la cama en la que yacían los dos cuerpos semidesnudos. dos almas perdidas, las suyas, podía incluso oler el hedor de sus cuerpos, la podredumbre en la que habían convertido su existencia, las sabanas por el suelo, los restos de las ultima comida basura que habían ingerido hace días o semanas. Y entonces repentinamente, en el espejo se le aparecía en un primer plano la imagen de su propio yo, era él y al momento era otro yo, igual, pero diferente, y entonces le llegaba un lamento que salía de su boca o de la del otro yo, una voz que transmitía culpa y un dolor inmenso, la voz del otro yo repetía machaconamente un estribillo - este apartamento me robó el amor, este apartamento me lo devolverá, este apartamento me robó el amor, este apartamento me la devolverá
Entonces Julián se despertaba de golpe, sudando, gritaba sin cesar, pero sin ningún convencimiento, repetía una y otra vez una letanía que creía protegería a Valeria y a él mismo frente a lo desconocido - nunca dejare que te la lleves, Valeria es mi compañera y no lo permitiré jamás, sal de nuestras vidas, déjanos salir de esta prisión….
- este apartamento me robó el amor, este apartamento me lo devolverá, este apartamento me robó el amor, este apartamento me lo devolverá
Valeria no se inmutaba, en su rostro no había emoción, era espectadora de la niebla de la planta primera del número 16 de la calle 75 y tampoco fue consciente del cambio que sucedió esa noche aunque su vida iba a cambiar.
Esa mañana lo primero que vio Roy, el portero de la finca que trabajaba los fines de semana, fue que las ventanas estaban abiertas. Esa misma tarde recibió una llamada de Julián pidiendo un taxi para las ocho. Saludó ceremoniosamente a Julián y Valeria, abriéndoles la puerta del ascensor y celebrando que hubieran acabado ese trabajo tan importante. Un taxi ya les esperaba para llevarles a Delmónico. Julián le dijo a Roy que el piso estaba un poco desordenado y le dejó las llaves para que durante el fin de semana la contrata de mantenimiento hiciera una limpieza profunda, ellos pasarían el fin de semana en un hotel de la ciudad. Le deslizó una generosa propina que Roy agradeció con una reverencia.
Llegaron a Delmónico y la cena se alargó hasta altas horas. Julián estuvo especialmente locuaz especialmente gracias a los generosos Gin-tonics que fue tomando durante la velada. Al término de la misma Valeria le recriminó que beber tanto hacia que no disfrutara de la velada, que le extrañaba que hubiera bebido tanto, que en más de una ocasión la había llamado Amanda y le había contado cosas que nunca antes le había dicho.
- ¿Te he llamado Amanda?, perdona no me he dado ni cuenta, era el nombre de una antigua novia, el alcohol me hace decir tonterías. He debido recordar que estuve aquí con Amanda también, pero eso es una historia pasada y no he vuelto a saber de ella. Desde que te vÍ supe que ibas a ser mi amor, no el primero, como habrás supuesto por lo que te estoy contando, pero espero que lo seas para toda una vida.
La respuesta de Julián dejó en Valeria una sombra de duda que se fue confirmando las siguientes semanas en que ella se fue alejando gradualmente ya que no reconocía al hombre que amó. Un día sin avisar recogió sus cosas, abandonó el apartamento sin dejar una dirección.
A los pocos días la prensa publicó que Julián Connor tuvo un estúpido accidente en su apartamento de la calle 75 limpiando un arma de caza, lo que le provocó la muerte. Los investigadores habían cerrado el caso.
La agencia Pinkerton ha vuelto a enseñar el apartamento a varias parejas, parece que una está bastante convencida y se mudará pronto.
Queridos lectores sin Valeria a mi lado el cuerpo que decidí ocupar era una prenda inútil. Yo, Robert Englund, he vuelto al espejo. La historia se repetirá, no me cabe la menor duda, he aprendido de mis errores y las próximas veces lo haré mejor. Soy el inquilino de la planta primera del número 16 de la calle 75, pero esas historia ya se las contaré........
